"PRENSA INDEPENDIENTE"

"La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma Representativa, Republicana Federal..."

- Síntesis de prensa - ´Edición Extra de verano´

 -  10 de febrero del 2006 -
Año 7to. - Números 665

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Índice de la fecha

Un documento valiente y denso en conceptos claves, para leer y analizar detenidamente: “Porqué fracasó el encuentro de Jorge Videla y Mario Firmenich”.

 

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Publicado en ´Urgente 24´  - 07/02/2006

 

“Porqué fracasó el encuentro de Jorge Videla y Mario Firmenich”

 

¿Por qué nunca se investigaron los casos de detenidos-desaparecidos ocurridos durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón?

 

por Tomás Vidal

 

Javier Vigo Leguizamón es un abogado santafesino que emprendió un proyecto utópico: lograr reunir a Jorge Videla y Mario Firmenich en un diálogo de reconciliación. No lo logró, pero su experiencia quedó plasmada en un libro ‘Amar al enemigo’. Cinco años más tarde, la revista ¨EDICIÓN i¨ le preguntó sobre aquel intento, sobre el ‘Setentismo’ que muchos adjudicaban al Gobierno de Néstor Kirchner y sobre la posibilidad de que alguna vez termine la batalla retórica que 30 años después, siguen librando muchos argentinos.

 

-Usted escribió su libro ´Amar al Enemigo´ en el año 2000, y no pudo conseguir lo que pretendía: una reunión de reconciliación y diálogo entre Mario Firmenich y Jorge Videla. ¿Cuáles fueron las causas que impidieron que el diálogo se realizara?

 

-La realización de aquel diálogo de reconciliación entre Videla y Firmenich dependía de requisitos personales e instrumentales. El objetivo primario era encontrar el modo de proponérselos y vencer las naturales resistencias. Dicho de otro modo: sacarlos del nivel superficial de la conciencia donde solemos encontrar justificaciones a nuestros actos, sugiriéndoles ingresar en su nivel más profundo donde guardamos silencio y estamos más dispuestos a inculparnos que a disculparnos.

 

Con ese espíritu le expliqué a ambos la respuesta que Jean Guittón le diera al entonces presidente francés Francois Mitterand, cuando le preguntó “¿Qué es el juicio final?” La respuesta del filósofo católico fue: “Cesar de justificarse, dejar caer las máscaras”.

 

Les dije: “Ustedes saben, como católicos, que ese día llegará. La mejor manera de prepararse es cumplir el más difícil de los mandamientos cristianos: ‘amar al enemigo’, deponiendo el odio mediante un diálogo de reconciliación”.

 

-¿Qué le dijo Firmenich?

 

-Él estuvo dispuesto a reunirse con Videla en la medida en que se cumplieran ciertos requisitos instrumentales.

 

Firmenich compartió conmigo que el peligro de reiterar la tragedia existe; que una sociedad que no clarifica el problema puede tropezar dos veces con la misma piedra.

 

Dijo que él piensa que la sociedad argentina tiene un problema enfermizo porque discute el pasado pero se niega a asumirlo en su integridad. La sociedad se empeña en negar su protagonismo en las luchas violentas que ha vivido durante décadas; insiste en demonizar la historia cerrando las puertas a una verdad más racional. Lo significativo para Firmenich es entender un proceso histórico; la reconciliación nacional debe partir del hecho de que el país vivió una guerra civil.

 

Firmenich se dijo dispuesto a dialogar en la medida que la convocatoria la efectuara el Ejecutivo Nacional o la Iglesia Católica. De lo contrario, piensa que él y Videla morirían aplastados por los acontecimientos.

 

-¿Y Videla?

 

-Él aceptó dialogar en la medida que no se restringiera a Firmenich y a él, porque eso implicaría consagrar la Teoría de los Dos Demonios. Videla planteó la necesidad de que fueran citados a concurrir los políticos e intelectuales de actuación preponderante en aquellos años ‘70.

 

Cuando estuve con él, Videla admitió que, como en toda guerra - y máxime en ésta, que fue irregular en su forma, imprecisa en su desarrollo y librada contra un enemigo mimético que no usaba uniforme ni bandera - se llegó a situaciones límite que ensombrecieron al país con actos rayanos en el horror, por parte de ambos contendientes.

 

Videla manifestó su deseo de hacer lo que esté a su alcance para lograr una auténtica reconciliación entre los argentinos.

 

Como puede verse, el primer requisito se logró.

 

-Entonces, ¿los impedimentos estuvieron centrados en lo instrumental?

 

-Así fue, lamentablemente. El gobierno de Fernando De la Rúa no tuvo el coraje de convocarlo. Y la Iglesia Católica temió que el diálogo no diera frutos.

 

-¿Con quién habló en el gobierno de De la Rúa?

 

-Con quien era el ministro de Defensa, Horacio Jaunarena.

 

Me pareció apropiado porque durante el gobierno de Raúl Alfonsín, Jaunarena había tenido el valor de reclamar una autocrítica a la sociedad argentina en su conjunto, exigiendo a los políticos preguntarse por qué no fueron capaces de dar a la juventud un proyecto de país que la apartara de los métodos violentos del terrorismo.

 

“Pensar” – sostuvo en esos días- “ que 15 o 20 militares son los responsables de lo que sucedió en los últimos años es una insensatez; este argumento nos lleva a la conclusión de que en cualquier momento otros militares pueden intentar lo mismo y eso no es así”.

 

Cuando hablé con él, en días de De la Rúa, Jaunarena ratificó la vigencia de esas palabras pero, sin embargo, no se atrevió a dar el paso.

 

Me dijo aquel día: “Yo coincido con Ud. en la necesidad de convocar a un diálogo de reconciliación. Mi duda es si es el momento oportuno. Pienso que tengo en mis manos una caja de fósforos con un solo fósforo y tengo miedo de encenderlo antes de tiempo, desperdiciándolos. Hoy cuando veo resurgir las lógicas violentas, aquel recuerdo del encuentro con Jaunarena se vuelve particularmente doloroso.

 

-¿Qué cambió en estos 5 años? ¿En que ha influido, para bien o para mal, el gobierno de Néstor Kirchner?

 

-Estamos peor. Ya no tenemos ni un fósforo. ¡Cuánta falta nos hace en este momento Pablo Giussani! Más que nunca el país necesita oír una voz que, desde la izquierda, aporte cordura. Si Giussani estuviera vivo vería con gran angustia cómo se están repitiendo los mismos errores. Aquella parte oculta del iceberg que él quería sacar a la superficie para inmunizar las conciencias, la han enterrado muy profundamente.

 

La soberbia armada no ha muerto, se encuentra exultante, aunque parezca mentira.

 

Giussani pensaba, con infinito desconsuelo, que alguna huella suya - tal vez algo que pudiste haber escrito o dicho en tus contribuciones a la literatura de los “diez, cien, mil Vietnam”- hubiese abierto, para alguno de los que cayeron, el camino que los llevó a la muerte.

 

Decía que condenar a Montoneros no alcanzaba, pues ellos eran apenas una porción de ese inmenso bloque de hielo. Alertaba que las responsabilidades que se escondían tras la muerte de Adriana - aquélla niña de 16 años a la que dedicó su libro ‘Montoneros. La soberbia armada’, que murió intentando colocar una bomba en una comisaría - eran mas esquivas, menos reconocibles.

 

En contraste con las del régimen militar, éstas se veían protegidas y disimuladas por una prestigiosa fraseología revolucionaria y por un peculiar estado de conciencia que genera en cierta clase medida ilustrada predisposiciones a compartir, comprender o disculpar toda irregularidad que se cometa en nombre de la revolución.

 

Sus reflexiones tenían por blanco un determinado tipo de cultura política que, en un rapto de frivolidad literaria, pregonó la dialéctica de las ametralladoras sin advertir que sus propios hijos tomarían luego las armas.

 

Hemos retrocedido mucho. Ni siquiera hoy se condena a Montoneros. Por el contrario, el Gobierno pondera su lucha, negándose a toda autocrítica.

 

La exaltación de la violencia ha llegado a tal punto que Hebe de Bonafini se ha creído en libertad para revelar la violenta militancia de los desaparecidos y la aviesa estrategia de ocultar esta realidad.

 

Concretamente, ella propuso que en el Museo de la Memoria se exhibieran las armas con que lucharon sus hijos.

 

Pareciera que estuvieran empeñándose en generar un nuevo enfrentamiento.

 

-El ‘Setentismo’ del que tanto se habla y está tan de moda por estos días, ¿ Es peligroso en cuanto que implica una reivindicación de aquellos años, de la violencia, de parte de las ideologías violentas?

 

-Es muy peligroso reivindicar los caminos violentos y lleva a preguntarnos cuál es el revés de la trama, el objetivo final que se persigue. ¿Qué país quieren construir los antiguos Montoneros? ¿Un país democrático donde todos podamos convivir en la diversidad y el voto dirima las primacías? ¿O un país hegemónico donde la democracia deje de ser indispensable?

 

Estas pregunta son insoslayables, luego de oír el discurso de Hugo Chávez durante la Anticumbre, en la ciudad de Mar del Plata, en un acto transmitido durante horas por el canal de TV del Estado...

 

-¿Qué le alarmó del discurso de Chávez?

 

-Yo recomendaría que se lo releyera lentamente prestando atención a las consignas y a los consejos. No es bueno que los jóvenes vuelvan a sentir consignas como “¡Patria o muerte, venceremos!”, ni que Chávez los convoque a “enterrar al capitalismo para parir el socialismo del siglo XX”, diciéndoles: “Rosa Luxemburgo lanzó aquella expresión: “Socialismo o barbarie”, hoy se hace más dramática la expresión y hay que repetirla: “Socialismo o muerte, Socialismo o barbarie”.

 

Hay una apología manifiesta de la violencia y en esa estrategia no es casual el consejo del Presidente venezolano de “leer todo lo que les llegue a la mano de Noam Chomsky, léanlo, léanlo, no duerman, no importa, los pocos ratos libres que uno pueda tener, leer, leer, pensar, pensar y pensar, escribir, escribir y escribir”

 

-¿Cuál es el riesgo?

 

-Chomsky es uno de los más importantes intelectuales de izquierda estadounidense. No es eso lo que me preocupa. Lo que me alarma es la postura que él tuvo ante el genocidio cometido por Saloth Sar (más conocido como Pol Pot) en Camboya, quien llegó a matar dos millones de personas en su afán de construir el “hombre nuevo”...

 

Despojándose de la máscara pacifista y de presunto defensor de los derechos humanos Chomsky justificó esa violencia demencial que eliminó el 20 % de la población diciendo: “No me parece que sea aceptable que condenemos el periodo de terror del FLN, simplemente porque fue algo horrible. Creo que lo que tendríamos que hacer es preguntarnos por los costos comparativos, por espantoso que suene; y si queremos tomar una posición moral en este asunto (y creo que deberíamos hacerlo), tendremos que poner en una balanza cuáles fueron las consecuencias de que se usara el terror, y cuáles habrían sido de no haberse usado. Si es cierto que las consecuencias de no haber utilizado el terror hubieran sido que el campesinado camboyano hubiera viviendo como el de Filipinas, creo que, entonces, el terror estaría justificado.”

 

En otras palabras, el recomendado por Chávez enseña que la violencia puede ser comprensible dadas las condiciones del cambio de régimen y de revolución social implicando un pequeño precio en comparación con los cambios positivos que había traído el nuevo gobierno de Pol Pot.

 

Al apoyar la colectivización de la agricultura camboyana con todo el terror y el genocidio que ello significó, Chomsky defendió la reorganización calculada de las sociedades tradicionales.

 

Es evidente que Chávez está intentando conducir a Venezuela hacia un modelo autoritario. De allí sus loas a Castro, a la historia del ‘Ché’ Guevara.

 

-El diálogo que usted propuso no pudo ser llevado a cabo, la reconciliación no pudo darse, los actores no pudieron, o no quisieron juntarse a conciliar posiciones y construir una sola historia que terminara con esta lucha retórica de versiones. Si eso no se pudo lograr, ¿no sería válido intentar un acto que reuniera a referentes de ambos bandos solamente para sacarse una foto y enviar a la sociedad un mensaje conjunto que dijera “Nos equivocamos”? Sería un mensaje que dejara en claro que no hay qué reivindicar aquellos años, que es una etapa para recordar y de la cual aprender, sin romanticismos, dejando que la verdad la escriban las próximas generaciones, y que sean ellas, después de una condena de la totalidad del fenómeno, las que encuentren lo bueno que haya que encontrar, ¿no le parece?

 

-Sería un gesto, pero no alcanza y además probablemente lo despedazarían los medios periodísticos. En esto coincido con Firmenich: la clave es que las autoridades institucionales tomen la iniciativa. El gobierno no lo hará, pero pueden hacerlo los representantes de las religiones más representativas. Ellos saben bien que lo esencial no es condenar o indultar, sino convertirse rescatando el sagrado valor de la vida humana. La conversión no la logra una foto, sino un diálogo profundo, sincero, exigente, iniciado con voluntad de reconciliarse, de arrepentirse, no de exculparse.

 

-Hace algunos días, entrevistando a José Amorín, montonero histórico, quien abandonó la organización en 1974, en desacuerdo con el pase a la clandestinidad, me dijo:

 

“Si los militares hubieran asumido autocráticamente, no ‘pour la gallerie’, al estilo Balza, y hubieran dicho: “Bueno desaparecimos a todos estos, nos equivocamos, tendríamos que haberlos fusilado legalmente, haber sacado una ley marcial, juicio militar, 48 horas, paredón”, hoy en día no estarían pagando las consecuencias. Debería haber sido transparente: “Nosotros decimos que este país no avanza si esta gente está viva, juicio y se acabó”. Desde mi punto de vista, eso no habría estado bien, pero hubiera sido mucho mejor, mejor que hubieran hecho desaparecer a 30.000, que se hubieran robado pibes, que se hubieran llevado botines de guerra… Si los milicos mañana dicen “Aquí están todas las listas de desaparecidos, los tiramos en tal lugar, de estos no podemos decir porque se murieron los tipos que lo hicieron, pero lo hicieron fulano y mengano”. Si llegaran a hacer esto estaría en camino de resolver la contradicción y lograr una conciliación.”

 

¿Qué opina de esto? ¿Es posible que alguna vez los militares hagan una declaración de este tipo?

 

-La pregunta tiene varias aristas. Considero, en primer lugar, que el ‘mea culpa’ militar no fue ‘pour la gallerie’. Los reconocimientos fueron muy importantes. El error de Martín Balza fue que, por especulaciones políticas, no exigió el ‘mea culpa’ de los políticos e intelectuales.

 

Balza admitió que toda la responsabilidad cayera sobre los militares cuando ello resulta injusto, pues existían culpas concurrentes muy graves. Le faltó coraje y grandeza para sacarlas a la luz. Bien pudo condenar la aberrante metodología de las desapariciones, pero aclarando que ella se puso en marcha con el gobierno de María Estela Martínez de Perón, tal como lo prueban las 908 desapariciones ocurridas entre el 25 de mayo de 1973 y el 24 de marzo de 1976, aquellas que nunca se quisieron investigar...

 

Desde ya que las desapariciones constituyeron un gravísimo error, pues tanto el gobierno de Isabelita, como el del Proceso, contaban con vías legales muy severas. Al juzgar a los comandantes, la Cámara Federal en lo Penal reconoció que se había vivido una guerra revolucionaria, y que en ese marco medió una “necesidad terribilísima” que hubiera permitido a los militares aplicar la pena de muerte recurriendo a los procedimientos legales contemplados en el Código de Justicia Militar, concretamente su artículo 133 .

 

La memoria mítica incurre en la falsedad histórica de hablar de 30.000 desaparecidos, cuando la Conadep comprobó 7.936 desapariciones.

 

Finalmente, cuando el general Ricardo Brinzoni era Jefe de Estado Mayor, él propició llevar adelante una mesa de diálogo que podía contribuir a esclarecer el destino de los cuerpos de personas desaparecidas. Sorprendentemente, las Madres de Plaza de Mayo se negaron a participar. Ellas no quisieron ir a un encuentro que podía ayudarlas a que sus hijos descansaran en paz. ¿Por qué se negaron? ¿En qué las afectaba?

 

-Usted explica que para la reconciliación primero debe reconstruirse la historia completa. ¿Cuáles son los temas, las ideas y las causas que deben todavía salir a la luz ? Usted menciona mucho a la Cámara Federal Penal que funcionó entre 1971 y 1973, pero ¿hay otras?

 

-Las verdades que deben salir a la luz están resumidas en el Epílogo de mi libro 'Amar al Enemigo', que contiene un documento a discutir en un eventual diálogo de reconciliación.

 

Yo mencioné la existencia de cuatro responsabilidades:

 

* la de la guerrilla,

 

* la de las Fuerzas Armadas,

 

* la de los políticos y

 

* la de los intelectuales y educadores.

 

En relación a la responsabilidad de la guerrilla, la sentencia a los ex comandantes es contundente al precisar que existió una guerra revolucionaria y que la agresión terrorista agudizada de manera gravísima a partir de 1970 puso una condición sin la cual los hechos que les tocó juzgar posiblemente no se hubieran producido. Los jueces no consintieron la simplificación maniquea de la historia, conforme a la cual todo ocurrió repentinamente cuando un conjunto de alucinados militares se lanzaron a eliminar a jóvenes idealistas inocentes.

 

Aún cuando su militancia fuera violenta – como lo ha reconocido Firmenich en sus declaraciones ante Jesús Quintero (“Habrá algún que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría era militantes y la inmensa mayoría eran montoneros...Yo sé cómo vivieron ellos....A mi me hubiera molestado muchísimo que mi muerte fuera utilizada en el sentido de que un pobrecito dirigente fue llevado a la muerte...”; Página 12, 17.3.91) - merecían tener un juicio justo que respetara sus derechos y su vida..

 

En cuanto a los políticos no han tenido la grandeza ni el coraje de hacer su mea culpa, pese a que las crónicas parlamentarias de 1973 demuestran cabalmente la manera en que incentivaron la violencia.

 

En un solo día amnistiaron a los guerrilleros sin desarmarlos, suprimieron la Cámara Federal en lo Penal que había permitido juzgarlos preservando la ley y la vida, y modificaron el art. 80 del Código .Penal para que en adelante quien matara a un juez o a un militar no mereciera reclusión perpetua.

 

A esas culpas gravísimas se une la circunstancia de que las desapariciones comenzaran durante el gobierno de Isabelita Perón. En síntesis: irresponsablemente demolieron el sistema legal.

 

En lo que respecta a los militares su responsabilidad ha sido ya suficientemente esclarecida. Al llegar al gobierno persistieron en la utilización de la atroz metodología de las desapariciones.

 

Finalmente la responsabilidad de los intelectuales y educadores ha permanecido oculta, pese a los esfuerzos de Giussani. Ellos contribuyeron a la propagación de la violencia y estimularon a los jóvenes a tomar las armas.

 

-Usted encara la reconciliación entre Jorge Rafael Videla y Mario Firmenich desde una posición católica, apelando a un documento de Juan Pablo II. Pero, para conseguir una reconciliación de todos los argentinos, donde hay sectores que no son católicos, ¿no sería necesario buscar un camino alternativo, desde el humanismo quizás?

 

-Coincido. Todo hombre de bien debe respetar el sagrado valor de la vida. La vida vale por sí misma, no según lo que se piensa. En ese sentido es muy valioso el pensamiento de Tvvetan Todorov - Los abusos de la memoria - cuando explica que los hechos dolorosos del pasado pueden leerse de manera literal o de manera ejemplar.

 

La lectura ejemplar acontece cuando extraigo una lección de ese pasado que se convierte en principio de acción para el presente. Todorov lo explica citando el caso de David Rousset, un sobreviviente de los campos de concentración de Buchenwald, que hizo un llamamiento a los antiguos deportados de los campos nazis para que se encarguen de la investigación sobre los campos soviéticos que todavía estaban en actividad.

 

Ese llamamiento produjo el efecto de una bomba entre los comunistas que habían estado en los campos de concentración nazis que se negaron a investigar los campos de concentración soviéticos. Ellos tenían una visión sesgada de la historia, una memoria literal. Rousset, en cambio, se inclinó por una memoria ejemplar: escogió utilizar la lección del pasado para actuar en el presente, se trate de quien se trate.

 

-¿Qué otros personajes deberían estar presentes en este diálogo de reconciliación?

 

-Sería importante que, aparte de los jefes, estuvieran los que actuaron en niveles intermedios. Pero más importante aún es que sean convocados los responsables ocultos: la presencia de Isabel Perón, Ítalo Luder, Horacio Sueldo, Héctor Sandler, Esteban Righi y de todos los que votaron la ley de amnistía del '73 deviene insoslayable. También los miembros de la Corte Suprema actuante durante el gobierno de Isabel Perón y del Proceso. La justicia también debe realizar su mea culpa.

 

-Usted habla de que aparte de la autocrítica de los guerrilleros y de los militares, para que se reconcilie la sociedad hace falta también una autocrítica de la política y de los ideólogos, educaron en la pedagogía de la violencia. En cuanto a estos últimos: ¿Piensa que con la carta de Oscar del Barco y con las posiciones de José Pablo Feinmann y, en menor medida, de Beatriz Sarlo, esto puede empezar a lograrse?

 

-Creo que es un comienzo interesante. Ninguna conciencia doliente se apacigua con una amnistía. La culpa no prescribe; se profundiza con el correr de los años. Firmenich ante mí fue muy claro: “La verdad es como un corcho en el agua, Ud. lo puede tener sumergido a presión durante un tiempo, pero más tarde o más temprano emerge”

 

La verdad ha comenzado a emerger en la boca de intelectuales como Beatriz Sarlo, que, con singular hidalguía, se ha atrevido a reconocer que: “ Muchos de los que venimos de la izquierda revolucionaria tenemos un juicio diferente sobre nuestro pasado que el que enuncian algunas organizaciones. Así es el paisaje del pasado en el espejo del presente... Y si destaco estas disidencias es porque está en juego la construcción de un museo sobre un pasado que me involucra tanto como a los organismos de derechos humanos, al Presidente y a sus compañeros... Fui una militante de esos años y sé que no sólo tuve sueños humanitarios y generosos sino autoritarios y violentos; sé que la idea misma de “derechos humanos” me era completamente ajena”.

 

-Usted tiende a identificar a la guerrilla como un producto de la izquierda, principalmente de la inserción de las ideas del marxismo leninismo internacional y de la influencia de Ernesto Guevara. Pero muchos historiadores y estudiosos e incluso protagonistas, indican el fuerte componente “peronista” que tuvieron estos grupos armados, las FAP, Montoneros y muchos otros pequeños grupos que se aglutinaron en el llamado “peronismo revolucionario”, un instrumento que Juan Perón utilizó muy concientemente utilizó para generar la desestabilización necesaria para generar las condiciones de su regreso. Esto lleva a mi pregunta ¿No sería honesto también que alguien, en nombre de Perón y del peronismo, pidiera perdón y hiciera una autocrítica por haber sido instigadores de la violencia?

 

-Desde ya que sería honesto y necesario. No cabe duda alguna que Juan Perón se valió de la guerrilla para llegar al poder. Su carta a Montoneros elogiando el asesinato de Aramburu es concluyente. El peronismo tiene una enorme responsabilidad en haber dictado amnistías indiscriminadas y destruido el sistema legal creado por Alejandro Lanusse para combatir al terrorismo en el marco de la ley. Después cuando el tema se les fue de las manos y, Montoneros mató a José Ignacio Rucci y asaltaron cuarteles, no trepidó en crear la Triple A y cuanto menos consentir las desapariciones.

 

Un pacto radical-peronista impidió que las 908 desapariciones  antes citadas se investigaran bajo la lupa del ‘autor mediato’ con que se condenó a los comandantes. Por algo Ítalo Luder propiciaba como candidato la validez de la Ley de Autoamnistía dictada por el Proceso.

 

¿Sobre que bases tienen que comenzar a construir los argentinos una teoría superadora de los “Dos Demonios”?

 

-Elaborando un juicio histórico - crítico riguroso del pasado que coloque la verdad por encima de la ideología. Ese juicio deriva en la admisión de las cuatro responsabilidades históricas que precedentemente he comentado. Para que exista realmente un ‘Nunca Más’ no alcanza el camino de la justicia. Se precisa extirpar de raíz las lógicas violentas y ello sólo puede lograrlo un diálogo de reconciliación.

 

-La Iglesia está muy presente a lo largo de todo su libro ¿No debería quizás incluírsela dentro de los sectores de los cuales la sociedad argentina necesita una autocrítica, tanto por su justificación, en muchos casos de la lucha armada a través de la teología de la liberación, y en otros tantos por su bendición implícita a los métodos represivos utilizados por los militares?

 

-La Iglesia ha hecho su autocrítica. La hizo el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Estanislao Karlic, en el Encuentro Eucarístico de Córdoba celebrado en el año 2000, oportunidad en que pidió perdón por los dos pecados que Ud. cita. No es autocrítica lo que le falta a la Iglesia. En el presente su error es no animarse a convocar a un diálogo de reconciliación.

 

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