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"La Nación
Argentina adopta para su gobierno la forma Representativa, Republicana
Federal..." -
10 de febrero del 2006 - dirección: http://members.fortunecity.com/prensaindependiente/ mail: [email protected] Síntesis anteriores del mes actual:
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Índice de la fecha
Un
documento valiente y denso en conceptos claves, para leer y analizar
detenidamente: “Porqué
fracasó el encuentro de Jorge Videla y Mario Firmenich”.
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Publicado
en ´Urgente 24´ - 07/02/2006
“Porqué
fracasó el encuentro de Jorge Videla y Mario Firmenich”
¿Por
qué nunca se investigaron los casos de detenidos-desaparecidos ocurridos
durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón?
por
Tomás Vidal
Javier
Vigo Leguizamón es un abogado santafesino que emprendió un proyecto utópico:
lograr reunir a Jorge
Videla y Mario Firmenich en un diálogo de reconciliación. No lo logró,
pero su experiencia quedó plasmada en un libro ‘Amar al enemigo’. Cinco años
más tarde, la revista ¨EDICIÓN i¨ le preguntó sobre aquel intento, sobre
el ‘Setentismo’ que muchos adjudicaban al Gobierno de Néstor Kirchner y
sobre la posibilidad de que alguna vez termine la batalla retórica que 30 años
después, siguen librando muchos argentinos.
-Usted
escribió su libro ´Amar al Enemigo´ en el año 2000, y no pudo conseguir lo
que pretendía: una reunión de reconciliación y diálogo entre Mario
Firmenich y Jorge Videla. ¿Cuáles fueron las causas que impidieron que el diálogo
se realizara?
-La
realización de aquel diálogo de reconciliación entre Videla y Firmenich
dependía de requisitos personales e instrumentales. El objetivo primario era
encontrar el modo de proponérselos y vencer las naturales resistencias. Dicho
de otro modo: sacarlos del nivel superficial de la conciencia donde solemos
encontrar justificaciones a nuestros actos, sugiriéndoles ingresar en su
nivel más profundo donde guardamos silencio y estamos más dispuestos a
inculparnos que a disculparnos.
Con
ese espíritu le expliqué a ambos la respuesta que Jean Guittón le diera al
entonces presidente francés Francois Mitterand, cuando le preguntó “¿Qué
es el juicio final?” La respuesta del filósofo católico fue: “Cesar de
justificarse, dejar caer las máscaras”.
Les
dije: “Ustedes saben, como católicos, que ese día llegará. La mejor
manera de prepararse es cumplir el más difícil de los mandamientos
cristianos: ‘amar al enemigo’, deponiendo el odio mediante un diálogo de
reconciliación”.
-¿Qué
le dijo Firmenich?
-Él
estuvo dispuesto a reunirse con Videla en la medida en que se cumplieran
ciertos requisitos instrumentales.
Firmenich
compartió conmigo que el peligro de reiterar la tragedia existe; que una
sociedad que no clarifica el problema puede tropezar dos veces con la misma
piedra.
Dijo
que él piensa que la sociedad argentina tiene un problema enfermizo porque
discute el pasado pero se niega a asumirlo en su integridad. La sociedad se
empeña en negar su protagonismo en las luchas violentas que ha vivido durante
décadas; insiste en demonizar la historia cerrando las puertas a una verdad más
racional. Lo significativo para Firmenich es entender un proceso histórico;
la reconciliación nacional debe partir del hecho de que el país vivió una
guerra civil.
Firmenich
se dijo dispuesto a dialogar en la medida que la convocatoria la efectuara el
Ejecutivo Nacional o la Iglesia Católica. De lo contrario, piensa que él y
Videla morirían aplastados por los acontecimientos.
-¿Y
Videla?
-Él
aceptó dialogar en la medida que no se restringiera a Firmenich y a él,
porque eso implicaría consagrar la Teoría de los Dos Demonios. Videla planteó
la necesidad de que fueran citados a concurrir los políticos e intelectuales
de actuación preponderante en aquellos años ‘70.
Cuando
estuve con él, Videla admitió que, como en toda guerra - y máxime en ésta,
que fue irregular en su forma, imprecisa en su desarrollo y librada contra un
enemigo mimético que no usaba uniforme ni bandera - se llegó a situaciones límite
que ensombrecieron al país con actos rayanos en el horror, por parte de ambos
contendientes.
Videla
manifestó su deseo de hacer lo que esté a su alcance para lograr una auténtica
reconciliación entre los argentinos.
Como
puede verse, el primer requisito se logró.
-Entonces,
¿los impedimentos estuvieron centrados en lo instrumental?
-Así
fue, lamentablemente. El gobierno de Fernando De la Rúa no tuvo el coraje de
convocarlo. Y la Iglesia Católica temió que el diálogo no diera frutos.
-¿Con
quién habló en el gobierno de De la Rúa?
-Con
quien era el ministro de Defensa, Horacio Jaunarena.
Me
pareció apropiado porque durante el gobierno de Raúl Alfonsín, Jaunarena
había tenido el valor de reclamar una autocrítica a la sociedad argentina en
su conjunto, exigiendo a los políticos preguntarse por
qué no fueron capaces de dar a la juventud un proyecto de país que la
apartara de los métodos violentos del terrorismo.
“Pensar”
– sostuvo en esos días- “ que 15 o 20 militares son los responsables de
lo que sucedió en los últimos años es una insensatez; este argumento nos
lleva a la conclusión de que en cualquier momento otros militares pueden
intentar lo mismo y eso no es así”.
Cuando
hablé con él, en días de De la Rúa, Jaunarena ratificó la vigencia de
esas palabras pero, sin embargo, no se atrevió a dar el paso.
Me
dijo aquel día: “Yo coincido con Ud. en la necesidad de convocar a un diálogo
de reconciliación. Mi duda es si es el momento oportuno. Pienso que tengo en
mis manos una caja de fósforos con un solo fósforo y tengo miedo de
encenderlo antes de tiempo, desperdiciándolos. Hoy cuando veo resurgir las lógicas
violentas, aquel recuerdo del encuentro con Jaunarena se vuelve
particularmente doloroso.
-¿Qué
cambió en estos 5 años? ¿En que ha influido, para bien o para mal, el
gobierno de Néstor Kirchner?
-Estamos
peor. Ya no tenemos ni un fósforo. ¡Cuánta falta nos hace en este momento
Pablo Giussani! Más que nunca el país necesita oír una voz que, desde la
izquierda, aporte cordura. Si Giussani estuviera vivo vería con gran angustia
cómo se están repitiendo los mismos errores. Aquella parte oculta del
iceberg que él quería sacar a la superficie para inmunizar las conciencias,
la han enterrado muy profundamente.
La
soberbia armada no ha muerto, se encuentra
exultante, aunque parezca mentira.
Giussani
pensaba, con infinito desconsuelo, que alguna huella suya - tal vez algo que
pudiste haber escrito o dicho en tus contribuciones a la literatura de los
“diez, cien, mil Vietnam”- hubiese abierto, para alguno de los que
cayeron, el camino que los llevó a la muerte.
Decía
que condenar a Montoneros no alcanzaba, pues ellos eran apenas una porción de
ese inmenso bloque de hielo. Alertaba que las responsabilidades que se escondían
tras la muerte de Adriana - aquélla niña de 16 años a la que dedicó su
libro ‘Montoneros. La soberbia armada’, que murió intentando colocar una
bomba en una comisaría - eran mas esquivas, menos reconocibles.
En
contraste con las del régimen militar, éstas se
veían protegidas y disimuladas por una prestigiosa fraseología
revolucionaria y por un peculiar estado de conciencia que genera en cierta
clase medida ilustrada predisposiciones a compartir, comprender o disculpar
toda irregularidad que se cometa en nombre de la revolución.
Sus
reflexiones tenían por blanco un determinado tipo de cultura política que,
en un rapto de frivolidad literaria, pregonó la dialéctica de las
ametralladoras sin advertir que sus propios hijos tomarían luego las armas.
Hemos
retrocedido mucho. Ni siquiera hoy se condena a
Montoneros. Por el contrario, el Gobierno pondera su lucha, negándose a toda
autocrítica.
La
exaltación de la violencia ha llegado a tal punto que
Hebe de Bonafini se ha creído en libertad para revelar la violenta militancia
de los desaparecidos y la aviesa estrategia de ocultar esta realidad.
Concretamente,
ella propuso que en el Museo de la Memoria se exhibieran las armas con que
lucharon sus hijos.
Pareciera
que estuvieran empeñándose en generar un nuevo enfrentamiento.
-El
‘Setentismo’ del que tanto se habla y está tan de moda por estos días,
¿ Es peligroso en cuanto que implica una reivindicación de aquellos años,
de la violencia, de parte de las ideologías violentas?
-Es
muy peligroso reivindicar los caminos violentos y lleva a preguntarnos cuál
es el revés de la trama, el objetivo final que se persigue. ¿Qué
país quieren construir los antiguos Montoneros? ¿Un país democrático
donde todos podamos convivir en la diversidad y el voto dirima las primacías?
¿O un país hegemónico donde la democracia deje de ser indispensable?
Estas
pregunta son insoslayables, luego de oír el discurso de Hugo Chávez durante
la Anticumbre, en la ciudad de Mar del Plata, en un acto transmitido durante
horas por el canal de TV del Estado...
-¿Qué
le alarmó del discurso de Chávez?
-Yo
recomendaría que se lo releyera lentamente prestando atención a las
consignas y a los consejos. No es bueno que los jóvenes vuelvan a sentir
consignas como “¡Patria o muerte, venceremos!”, ni que Chávez los
convoque a “enterrar al capitalismo para parir el socialismo del siglo
XX”, diciéndoles: “Rosa Luxemburgo lanzó aquella expresión:
“Socialismo o barbarie”, hoy se hace más dramática la expresión y hay
que repetirla: “Socialismo o muerte, Socialismo o barbarie”.
Hay
una apología manifiesta de la violencia y en esa estrategia no es casual el
consejo del Presidente venezolano de “leer todo lo que les llegue a la mano
de Noam Chomsky, léanlo, léanlo, no duerman, no importa, los pocos ratos
libres que uno pueda tener, leer, leer, pensar, pensar y pensar, escribir,
escribir y escribir”
-¿Cuál
es el riesgo?
-Chomsky
es uno de los más importantes intelectuales de izquierda estadounidense. No
es eso lo que me preocupa. Lo que me alarma es la postura que él tuvo ante el
genocidio cometido por Saloth Sar (más conocido como Pol Pot) en Camboya,
quien llegó a matar dos millones de personas en su afán de construir el
“hombre nuevo”...
Despojándose
de la máscara pacifista y de presunto defensor de los derechos humanos
Chomsky justificó esa violencia demencial que eliminó el 20 % de la población
diciendo: “No me parece que sea aceptable que condenemos el periodo de
terror del FLN, simplemente porque fue algo horrible. Creo que lo que tendríamos
que hacer es preguntarnos por los costos comparativos, por espantoso que
suene; y si queremos tomar una posición moral en este asunto (y creo que
deberíamos hacerlo), tendremos que poner en una balanza cuáles fueron las
consecuencias de que se usara el terror, y cuáles habrían sido de no haberse
usado. Si es cierto que las consecuencias de no haber utilizado el terror
hubieran sido que el campesinado camboyano hubiera viviendo como el de
Filipinas, creo que, entonces, el terror estaría justificado.”
En
otras palabras, el recomendado por Chávez enseña que la violencia puede ser
comprensible dadas las condiciones del cambio de régimen y de revolución
social implicando un pequeño precio en comparación con los cambios positivos
que había traído el nuevo gobierno de Pol Pot.
Al
apoyar la colectivización de la agricultura camboyana con todo el terror y el
genocidio que ello significó, Chomsky defendió la reorganización calculada
de las sociedades tradicionales.
Es
evidente que Chávez está intentando conducir a Venezuela hacia un modelo
autoritario. De allí sus loas a Castro, a la historia del ‘Ché’ Guevara.
-El
diálogo que usted propuso no pudo ser llevado a cabo, la reconciliación no
pudo darse, los actores no pudieron, o no quisieron juntarse a conciliar
posiciones y construir una sola historia que terminara con esta lucha retórica
de versiones. Si eso no se pudo lograr, ¿no sería válido intentar un acto
que reuniera a referentes de ambos bandos solamente para sacarse una foto y
enviar a la sociedad un mensaje conjunto que dijera “Nos equivocamos”? Sería
un mensaje que dejara en claro que no hay qué reivindicar aquellos años, que
es una etapa para recordar y de la cual aprender, sin romanticismos, dejando
que la verdad la escriban las próximas generaciones, y que sean ellas, después
de una condena de la totalidad del fenómeno, las que encuentren lo bueno que
haya que encontrar, ¿no le parece?
-Sería
un gesto, pero no alcanza y además probablemente lo despedazarían los medios
periodísticos. En esto coincido con Firmenich: la clave es que las
autoridades institucionales tomen la iniciativa. El
gobierno no lo hará, pero pueden hacerlo los representantes de las religiones
más representativas. Ellos saben bien que lo esencial no es condenar o
indultar, sino convertirse rescatando el sagrado valor de la vida humana. La
conversión no la logra una foto, sino un diálogo profundo, sincero,
exigente, iniciado con voluntad de reconciliarse, de arrepentirse, no de
exculparse.
-Hace
algunos días, entrevistando a José Amorín, montonero histórico, quien
abandonó la organización en 1974, en desacuerdo con el pase a la
clandestinidad, me dijo:
“Si
los militares hubieran asumido autocráticamente, no ‘pour la gallerie’,
al estilo Balza, y hubieran dicho: “Bueno desaparecimos a todos estos, nos
equivocamos, tendríamos que haberlos fusilado legalmente, haber sacado una
ley marcial, juicio militar, 48 horas, paredón”, hoy en día no estarían
pagando las consecuencias. Debería haber sido transparente: “Nosotros
decimos que este país no avanza si esta gente está viva, juicio y se acabó”.
Desde mi punto de vista, eso no habría estado bien, pero hubiera sido mucho
mejor, mejor que hubieran hecho desaparecer a 30.000, que se hubieran robado
pibes, que se hubieran llevado botines de guerra… Si los milicos mañana
dicen “Aquí están todas las listas de desaparecidos, los tiramos en tal
lugar, de estos no podemos decir porque se murieron los tipos que lo hicieron,
pero lo hicieron fulano y mengano”. Si llegaran a hacer esto estaría en
camino de resolver la contradicción y lograr una conciliación.”
¿Qué
opina de esto? ¿Es posible que alguna vez los militares hagan una declaración
de este tipo?
-La
pregunta tiene varias aristas. Considero, en primer lugar, que el ‘mea
culpa’ militar no fue ‘pour la gallerie’. Los reconocimientos fueron muy
importantes. El error de Martín Balza fue que,
por especulaciones políticas, no exigió el ‘mea culpa’ de los políticos
e intelectuales.
Balza
admitió que toda la responsabilidad cayera sobre los militares cuando ello
resulta injusto, pues existían culpas
concurrentes muy graves. Le faltó coraje y grandeza para sacarlas a la luz.
Bien pudo condenar la aberrante metodología de las desapariciones, pero
aclarando que ella se puso en marcha con el gobierno de María Estela Martínez
de Perón, tal como lo prueban las 908 desapariciones ocurridas entre el 25 de
mayo de 1973 y el 24 de marzo de 1976, aquellas que nunca se quisieron
investigar...
Desde
ya que las desapariciones constituyeron un gravísimo error, pues tanto el
gobierno de Isabelita, como el del Proceso, contaban con vías legales muy
severas. Al juzgar a los comandantes, la Cámara
Federal en lo Penal reconoció que se había vivido una guerra revolucionaria,
y que en ese marco medió una “necesidad terribilísima” que
hubiera permitido a los militares aplicar la pena de muerte recurriendo a los
procedimientos legales contemplados en el Código de Justicia Militar,
concretamente su artículo 133 .
La
memoria mítica incurre en la falsedad histórica de hablar de 30.000
desaparecidos, cuando la Conadep comprobó 7.936 desapariciones.
Finalmente,
cuando el general Ricardo Brinzoni era Jefe de Estado Mayor, él propició
llevar adelante una mesa de diálogo que podía contribuir a esclarecer el
destino de los cuerpos de personas desaparecidas. Sorprendentemente,
las Madres de Plaza de Mayo se negaron a participar. Ellas no quisieron ir a
un encuentro que podía ayudarlas a que sus hijos descansaran en paz. ¿Por qué
se negaron? ¿En qué las afectaba?
-Usted
explica que para la reconciliación primero debe reconstruirse la historia
completa. ¿Cuáles son los temas, las ideas y las causas que deben todavía
salir a la luz ? Usted menciona mucho a la Cámara Federal Penal que funcionó
entre 1971 y 1973, pero ¿hay otras?
-Las
verdades que deben salir a la luz están resumidas en el Epílogo de mi libro
'Amar al Enemigo', que contiene un documento a discutir en un eventual diálogo
de reconciliación.
Yo
mencioné la existencia de cuatro responsabilidades:
*
la de la guerrilla,
*
la de las Fuerzas Armadas,
*
la de los políticos y
*
la de los intelectuales y educadores.
En
relación a la responsabilidad de la guerrilla, la sentencia a los ex
comandantes es contundente al precisar que existió una guerra revolucionaria
y que la agresión terrorista agudizada de manera gravísima a partir de 1970
puso una condición sin la cual los hechos que les tocó juzgar posiblemente
no se hubieran producido. Los jueces no consintieron la simplificación
maniquea de la historia, conforme a la cual todo
ocurrió repentinamente cuando un conjunto de alucinados militares se lanzaron
a eliminar a jóvenes idealistas inocentes.
Aún
cuando su militancia fuera violenta – como lo
ha reconocido Firmenich en sus declaraciones ante Jesús Quintero (“Habrá
algún que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría
era militantes y la inmensa mayoría eran montoneros...Yo sé cómo vivieron
ellos....A mi me hubiera molestado muchísimo que mi muerte fuera utilizada en
el sentido de que un pobrecito dirigente fue llevado a la muerte...”; Página
12, 17.3.91) - merecían tener un juicio justo que respetara sus
derechos y su vida..
En
cuanto a los políticos no han tenido la grandeza ni el coraje de hacer su mea
culpa, pese a que las crónicas parlamentarias de
1973 demuestran cabalmente la manera en que incentivaron la violencia.
En
un solo día amnistiaron a los guerrilleros sin
desarmarlos, suprimieron la Cámara Federal en lo Penal que había permitido
juzgarlos preservando la ley y la vida, y modificaron el art. 80 del Código
.Penal para que en adelante quien matara a un juez o a un militar no mereciera
reclusión perpetua.
A
esas culpas gravísimas se une la circunstancia de que las desapariciones
comenzaran durante el gobierno de Isabelita Perón. En
síntesis: irresponsablemente demolieron el sistema legal.
En
lo que respecta a los militares su responsabilidad ha sido ya suficientemente
esclarecida. Al llegar al gobierno persistieron
en la utilización de la atroz metodología de las desapariciones.
Finalmente
la responsabilidad de los intelectuales y educadores ha permanecido oculta,
pese a los esfuerzos de Giussani. Ellos
contribuyeron a la propagación de la violencia y estimularon a los jóvenes a
tomar las armas.
-Usted
encara la reconciliación entre Jorge Rafael Videla y Mario Firmenich desde
una posición católica, apelando a un documento de Juan Pablo II. Pero, para
conseguir una reconciliación de todos los argentinos, donde hay sectores que
no son católicos, ¿no sería necesario buscar un camino alternativo, desde
el humanismo quizás?
-Coincido.
Todo hombre de bien debe respetar el sagrado valor de la vida. La vida vale
por sí misma, no según lo que se piensa. En ese sentido es muy valioso el
pensamiento de Tvvetan Todorov - Los abusos de la memoria - cuando explica que
los hechos dolorosos del pasado pueden leerse de
manera literal o de manera ejemplar.
La
lectura ejemplar acontece cuando extraigo una lección de ese pasado que se
convierte en principio de acción para el presente. Todorov lo explica citando
el caso de David Rousset, un sobreviviente de los campos de concentración de
Buchenwald, que hizo un llamamiento a los antiguos deportados de los campos
nazis para que se encarguen de la investigación sobre los campos soviéticos
que todavía estaban en actividad.
Ese
llamamiento produjo el efecto de una bomba entre los comunistas que habían
estado en los campos de concentración nazis que se negaron a investigar los
campos de concentración soviéticos. Ellos tenían una visión sesgada de la
historia, una memoria literal. Rousset, en cambio, se inclinó por una memoria
ejemplar: escogió utilizar la lección del pasado para actuar en el presente,
se trate de quien se trate.
-¿Qué
otros personajes deberían estar presentes en este diálogo de reconciliación?
-Sería
importante que, aparte de los jefes, estuvieran los que actuaron en niveles
intermedios. Pero más importante aún es que sean convocados los responsables
ocultos: la presencia de Isabel Perón, Ítalo
Luder, Horacio Sueldo, Héctor Sandler, Esteban Righi y de todos los que
votaron la ley de amnistía del '73 deviene insoslayable. También los
miembros de la Corte Suprema actuante durante el gobierno de Isabel Perón y
del Proceso. La justicia también debe realizar su mea culpa.
-Usted
habla de que aparte de la autocrítica de los guerrilleros y de los militares,
para que se reconcilie la sociedad hace falta también una autocrítica de la
política y de los ideólogos, educaron en la pedagogía de la violencia. En
cuanto a estos últimos: ¿Piensa que con la carta de Oscar del Barco y con
las posiciones de José Pablo Feinmann y, en menor medida, de Beatriz Sarlo,
esto puede empezar a lograrse?
-Creo
que es un comienzo interesante. Ninguna conciencia doliente se apacigua con
una amnistía. La culpa no prescribe; se profundiza con el correr de los años.
Firmenich ante mí fue muy claro: “La verdad es como un corcho en el
agua, Ud. lo puede tener sumergido a presión durante un tiempo, pero más
tarde o más temprano emerge”
La
verdad ha comenzado a emerger en la boca de intelectuales como Beatriz Sarlo,
que, con singular hidalguía, se ha atrevido a reconocer que: “ Muchos de
los que venimos de la izquierda revolucionaria tenemos un juicio diferente
sobre nuestro pasado que el que enuncian algunas organizaciones. Así es el
paisaje del pasado en el espejo del presente... Y si destaco estas disidencias
es porque está en juego la construcción de un museo sobre un pasado que me
involucra tanto como a los organismos de derechos humanos, al Presidente y a
sus compañeros... Fui una militante de esos años y sé que no sólo tuve sueños
humanitarios y generosos sino autoritarios y violentos; sé que la idea misma
de “derechos humanos” me era completamente ajena”.
-Usted
tiende a identificar a la guerrilla como un producto de la izquierda,
principalmente de la inserción de las ideas del marxismo leninismo
internacional y de la influencia de Ernesto Guevara. Pero muchos historiadores
y estudiosos e incluso protagonistas, indican el fuerte componente
“peronista” que tuvieron estos grupos armados, las FAP, Montoneros y
muchos otros pequeños grupos que se aglutinaron en el llamado “peronismo
revolucionario”, un instrumento que Juan Perón utilizó muy concientemente
utilizó para generar la desestabilización necesaria para generar las
condiciones de su regreso. Esto lleva a mi pregunta ¿No sería honesto también
que alguien, en nombre de Perón y del peronismo, pidiera perdón y hiciera
una autocrítica por haber sido instigadores de la violencia?
-Desde
ya que sería honesto y necesario. No cabe duda alguna que Juan Perón se valió
de la guerrilla para llegar al poder. Su carta a Montoneros elogiando el
asesinato de Aramburu es concluyente. El
peronismo tiene una enorme responsabilidad en haber dictado amnistías
indiscriminadas y destruido el sistema legal creado por Alejandro Lanusse para
combatir al terrorismo en el marco de la ley. Después cuando el tema se les
fue de las manos y, Montoneros mató a José Ignacio Rucci y asaltaron
cuarteles, no trepidó en crear la Triple A y cuanto menos consentir las
desapariciones.
Un
pacto radical-peronista impidió que las 908 desapariciones
antes citadas se investigaran bajo la lupa del ‘autor mediato’ con
que se condenó a los comandantes. Por algo Ítalo
Luder propiciaba como candidato la validez de la Ley de Autoamnistía dictada
por el Proceso.
¿Sobre
que bases tienen que comenzar a construir los argentinos una teoría
superadora de los “Dos Demonios”?
-Elaborando
un juicio histórico - crítico riguroso del pasado que coloque la verdad por
encima de la ideología. Ese juicio deriva en la admisión de las cuatro
responsabilidades históricas que precedentemente he comentado. Para
que exista realmente un ‘Nunca Más’ no alcanza el camino de la justicia.
Se precisa extirpar de raíz las lógicas violentas y ello sólo puede
lograrlo un diálogo de reconciliación.
-La
Iglesia está muy presente a lo largo de todo su libro ¿No debería quizás
incluírsela dentro de los sectores de los cuales la sociedad argentina
necesita una autocrítica, tanto por su justificación, en
muchos casos de la lucha armada a través de la teología de la liberación, y
en otros tantos por su bendición implícita a los métodos represivos
utilizados por los militares?
-La Iglesia ha hecho su autocrítica. La hizo el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Estanislao Karlic, en el Encuentro Eucarístico de Córdoba celebrado en el año 2000, oportunidad en que pidió perdón por los dos pecados que Ud. cita. No es autocrítica lo que le falta a la Iglesia. En el presente su error es no animarse a convocar a un diálogo de reconciliación.
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